Consejos de la cebolla

Memorias de un Cheff que no fue.

Enfrenté frenéticamente la cebolla, le anuncié “juliana o muerte”, y comencé a trozarla del modo anunciado. Ella se defendió con sus ácidos, pero mi determinación estaba tomada. Sería, junto a la carne, el ingrediente principal de ese plato hecho, como dicen los franceses, “a la mode de la maison”, es decir, al estilo de la casa.  Cuando las lágrimas me obligaron a un paréntesis, recordé que ese día nadie pasaría a almorzar y, por tanto, la cebolla era inútil. Yodebía cumplir el  rito que mi cerebro exige para los almuerzos en solitario: tallarines italianos (perdón Vittorio), champiñones Portobello, mucho ajo, queso Reggianito,  aceite de oliva arequipeño y un peruanizador toque de rocoto. La cebolla, en realidad,  no estaba de más, estaba, lo veo ahora,  para sugerirme una reflexión que nunca, si no hubiese sido por su buena y ácida voluntad, hubiese emprendido motu proprio.

Qué hacía que de repente abandonara mi trabajo en la PC, descendiera aceleradamente la escalera como si hubiese olvidado algo y atacara a una hermosa cebolla blanca. Simple: cocinar era, inconscientemente, mi terapia. Salía de los horrores de muerte que me contaba la prensa y me sumergía en el esplendor de crear algo para la vida. Sin argumentos intelectuales a tanta violencia, respondía con un gesto de afirmación rescatando aquello que debemos honrar en el prójimo y en nosotros: la existencia. Ahora sé por qué cocino. Si fuera chef, tarea que he dejado para la próxima reencarnación, sería un guerrillero de la paz, un luchador que enarbola los alimentos terrestres y marinos como una bella forma de compromiso con la vida.

Guillermo Giacosa

 

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